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Sep 7

La industria que viene: más tecnología, más productividad y nuevos ciclos de valor

La industria que viene: más tecnología, más productividad y nuevos ciclos de valor

Por Alberto Esswein, CEO & Founder de Pc Discount y Especialista en tecnología, gestión de activos IT y economía circular

¿Qué entendemos hoy por industria? La pregunta parece sencilla, pero la respuesta está cambiando.

Durante mucho tiempo, hablar de industria fue hablar de fábricas, máquinas, materias primas, líneas de producción y bienes físicos. Hoy, esa definición resulta incompleta. La industria también está hecha de datos, conectividad, software, automatización, inteligencia artificial y capacidad para tomar decisiones en tiempo real. La tecnología dejó de ser un soporte de la actividad industrial para convertirse en una infraestructura productiva y una fuente de competitividad.

La denominada Industria 4.0 expresa precisamente este cambio. Inteligencia artificial, Internet de las Cosas (IoT), robótica, computación en la nube y análisis de datos están modificando procesos, cadenas de valor y modelos de negocio. Ya no se trata solamente de producir más, sino de producir mejor: con mayor precisión, velocidad, flexibilidad y capacidad de adaptación.

Para la industria argentina y regional, esta transformación representa una oportunidad, pero también un desafío. La adopción de tecnologías 4.0 continúa siendo heterogénea y está condicionada por factores como la inversión, las capacidades internas, el acceso al conocimiento y la demanda.

Un diagnóstico realizado por el INTI en 2025 sobre empresas industriales de Mendoza mostró que, si bien existe una percepción clara sobre los beneficios que pueden aportar las tecnologías 4.0, muchas compañías todavía no cuentan con planes de inversión suficientemente desarrollados para avanzar en su implementación. Esto demuestra que la transformación industrial no depende solamente de incorporar nuevas herramientas. También requiere aprender a gestionar estratégicamente la tecnología.

Y ahí aparece una dimensión de la transformación digital que todavía tiene poca presencia en la conversación.

La tecnología también tiene un ciclo de vida

Cada proceso de digitalización genera una consecuencia inevitable: cuando llegan nuevos equipos, otros quedan fuera de uso. Computadoras, notebooks, servidores, monitores, dispositivos de comunicación y equipamiento de infraestructura son reemplazados por nuevas generaciones tecnológicas. Pero que un equipo deje de ser adecuado para una organización no significa necesariamente que haya perdido todo su valor.

Durante años predominó una lógica lineal: comprar, luego usar, después reemplazar y finalmente, descartar. La aceleración tecnológica está haciendo cada vez más difícil sostener ese modelo.

El Global E-waste Monitor 2024, elaborado por UNITAR y la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), estimó que en 2022 se generaron 62 millones de toneladas de residuos electrónicos en el mundo. Solo el 22,3% fue formalmente recolectado y reciclado. Si la tecnología actual continúa su ritmo de descarte, el volumen podría alcanzar los 82 millones de toneladas en 2030. Pero detrás de esos residuos existe otra discusión: la del valor que se pierde. Los residuos electrónicos generados en 2022 contenían aproximadamente 31 millones de toneladas de metales, con un valor estimado de US$91.000 millones. Entre ellos se encontraban cobre, hierro y oro, entre otros materiales con valor económico.

El dato obliga a cambiar la perspectiva. El desafío del recambio tecnológico no es solamente decidir qué hacer con aquello que una empresa deja de utilizar. También es preguntarse cuánto valor económico, productivo y material todavía conserva ese activo.

Del descarte a la recuperación de valor

La economía circular introduce justamente una mirada diferente: mantener productos, componentes y materiales en uso durante el mayor tiempo posible. En tecnología, esto significa ir más allá del reciclaje. Es evaluar, clasificar, reparar, reacondicionar, reutilizar y recuperar activos antes de llegar a su disposición final y eso es una diferencia muy importante. Un equipo que dejó de ser estratégico para una compañía puede continuar siendo útil para otra organización, otro mercado o incluso otro segmento de usuarios. Extender su vida útil permite aprovechar durante más tiempo los recursos, la energía y el conocimiento incorporados en su fabricación y primer ciclo de uso.

Por eso, la pregunta ahora debería ser: ¿Cómo recuperamos el valor que todavía contiene? Ese cambio de perspectiva puede transformar una obligación de disposición en una oportunidad de gestión. Y también puede abrir nuevos mercados y modelos de negocio vinculados con la recuperación, reutilización y reacondicionamiento de tecnología.

La próxima frontera de la competitividad

La industria del futuro va a necesitar más tecnología, pero también va a necesitar una gestión mucho más inteligente de esa tecnología. La competitividad no estará determinada únicamente por la capacidad de incorporar inteligencia artificial, automatización, IoT o nuevas herramientas digitales. También dependerá de la capacidad de las organizaciones para administrar sus activos, sus datos, sus recursos y los costos asociados a todo su ciclo de vida.

La OECD ha planteado que la transición digital y la transición ambiental deben avanzar de manera coordinada. Las tecnologías digitales pueden contribuir a mejorar la eficiencia, reducir costos y acelerar la innovación, pero también generan impactos que deben ser gestionados durante todo su ciclo de vida. Esta mirada adquiere especial relevancia para la industria. La eficiencia tecnológica no debería comenzar cuando se instala un equipo nuevo y terminar cuando se lo reemplaza. También debería incluir lo que ocurre entre ambos momentos y después de ellos. Esto supone incorporar una nueva dimensión a la gestión empresarial: conocer qué activos tecnológicos existen, cuánto valor conservan, cuándo conviene renovarlos y qué alternativas existen cuando dejan de ser necesarios.

Una nueva definición de industria

Quizás sea necesario ampliar nuestra definición de industria. Industria es transformar, producir, innovar. Pero también es utilizar conocimiento y tecnología para generar valor de manera más eficiente. Y, cada vez más, es preguntarnos qué ocurre con los recursos después de su primer ciclo de uso.

La industria que viene tendrá que convivir con una paradoja: necesitará incorporar cada vez más tecnología para ser competitiva y, al mismo tiempo, deberá encontrar mejores maneras de gestionar el impacto y el valor residual de esa tecnología. Resolver esa tensión no es solamente una cuestión ambiental. Es una cuestión de productividad, eficiencia, innovación y competitividad.

Para la Argentina y la región, además, representa una oportunidad. Un país que necesita mejorar su productividad industrial, desarrollar capacidades tecnológicas y fortalecer su inserción en cadenas globales de valor no puede pensar sus recursos exclusivamente bajo una lógica lineal.

La industria del futuro no será solamente más digital. Será también más eficiente en la manera en que incorpora, utiliza, recupera y vuelve a poner en circulación la tecnología.

Por eso, en el marco del Día de la Industria, quizás haya una pregunta que debamos incorporar a la agenda: ¿Qué hacemos con todo aquello que la industria ya produjo y que todavía tiene valor? La respuesta puede ser una de las claves para construir una industria más inteligente, competitiva y preparada para el futuro.

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